También llamado Leví, fue publicano, esto es, recaudador de tributos antes de su conversión, aunque era judío, era funcionario público al servicio de Herodes Antipas, el representante de los romanos, profesión muy odiosa a los judíos. El publicano, de ordinario duro y avaro, pasaba ante los fariseos como tipo de pecador.
Pero Mateo superó la mala fama de su oficio, se levantó y siguió a Jesús para ser su discípulo y apóstol. Tras la muerte del Jesús, su actividad se centró en Judea, escribiendo el evangelio en arameo. En la epístola describe la célebre visión en que se presentan a Ezequiel cuatro animales simbólicos, en los que se reconoce a los cuatro evangelistas. Cuando los apóstoles se repartieron el mundo conocido en cuatro partes para evangelizado, a Mateo le tocó Etiopía, tierra a la que convirtió después de evangelizar durante largos años, donde moriría martirizado.
El rey de Egipto, Hitarco, propuso al apóstol que le ayudara a que Ifigenia (hija cristiana del anterior rey), aceptara su matrimonio, pero Mateo dijo que el matrimonio es un acto puro y no debe haber coacción, motivo que inspiró al soberano ordenar su muerte, un verdugo lo mató mientras celebraba misa, con un hacha.
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